Se dice de Lucrecia Borgia que aconsejaba a amigas o amigos difamar a algún enemigo como medio infalible para destrozarlo.

Cínicamente argumentaba la dama renacentista que para obtener ese triunfo sólo se necesitaba una buena dosis de imaginación (yo agregaría que aunada a otra mayor de cinismo y ruindad), agregando que si el difamado callaba por considerar absurda la aseveración infamante lanzada en su contra, la victoria del difamador era inmediata porque en la opinión de la gente aquel silencio era sinónimo de aceptación, en tanto que si contestaba al infundio, el ladrón de la honra tenía aun la posibilidad de contraatacar cuantas veces fuere necesario, hasta dejar vencido ante la sociedad al difamado. Sin que parezca ser necesaria la aportación de pruebas a la sociedad, para que el difamador pueda seguir con el bulo.

Entonces la sociedad se acoge a las frases hechas del tipo: "Cuando el rio suena...."

Una vez arrojado el bulo, el daño está hecho. Pero da igual: la estrategia del “difama, que algo queda” sigue en pie, y se mantendrá activa mientras haya público al que le entretengan los chismes.

Pero ¿Qué ocurrirá cuando sea alguno de ellos el objetivo?

Nada, no ocurrirá nada. Simplemente porque siempre habrá quien se divierta y justifique el macabro juego.

Ya sabéis, cuando veáis las barbas del vecino rapar...

Pensad que; el proceso de restitución de la buena imagen, nunca es tan rápido, efectivo y contundente como el de su destrucción.

O sea, que será mejor que tengáis cuidado de no caerle mal a nadie.